Por molesto que para algunas personas resulte, volver sobre el tema, es una obligación de quienes como yo, rondan los setenta años, tienen tiempo, el conocimiento y la experiencia que da la vida como para fijar, al respecto, una posición firme, respaldada por argumentos sólidos desprovistos de intereses mezquinos. Nada bueno ocurrirá si como ya lo he manifestado, no se toman urgentes medidas para retrotraer la entrega de tierras fiscales a latifundistas, terratenientes, monopolios y corporaciones. Los tiempos que corren así lo exigen. Existen enormes porciones de tierra en manos de unos pocos, las mejores, las más productivas, las más ricas, las más estratégicas, las que una vez entregadas, solo le han dejado migajas a las arcas de los estados provinciales y al país todo. En aras de aumentar las posibilidades laborales, de mejorar los ingresos fiscales, de ejercer soberanía, se han ido entregando las reservas, las riquezas y la soberanía, empujando paulatinamente a los nativos a la esclavitud, a la pobreza, a la miseria. Hablar por hablar de nada sirve. Hay que legislar de manera que se recuperen las tierras y se las redistribuya de manera equitativa, a cada uno de quienes la necesiten para su explotación, sin que se puedan obtener para otros fines, sin que la entrega signifique propiedad y sin que los derechos sobre las mismas se puedan transmitir. Al respecto deberá confeccionarse un padrón nacional donde se encuentren inscriptos todos y cada uno de quienes han sido beneficiados, circunstancia que también permitiría la obtención de créditos blandos para la compra de maquinarias, insumos, etcétera. Ese es el espíritu que debe primar. Somos un poco más de cuarenta millones, ocupando uno de los países de mayor superficie en el mundo y nuestros hijos ya no tienen lugar para vivir y desarrollarse en este suelo. ¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible que podamos llegar a ser cien millones si no hay espacio para cuarenta? ¿Cómo es posible que no podamos contar a los veintiún años, con un lote de veinte metros por cuarenta, que permita a quienes elijan vivir en las ciudades, levantar la vivienda propia? ¿Cómo es posible que aquellos jóvenes que nacen y se crían en zonas rurales, o aquellos que optan vivir allí, no puedan desarrollárse en ellas, no puedan volcar los conocimientos adquiridos, desarraigándose, desechando sus conocimientos, para terminar conformando el cinturón de las ciudades en calidad de desocupados, incapacitados, marginados. Ahora bien, no es tan difícil interpretar la situación, como tampoco diagnosticar la misma, así, surge la reflexión: ¿Somos tan indolentes que no hacemos nada para resolverla? o acaso ¿Es tan grande nuestra dependencia y compromiso con los poderes económicos que nos impiden tomar una determinación inmediata? ¿No vemos que con nuestras actitudes del presente, entregamos a la pobreza, a la miseria, a la esclavitud, a nuestros descendientes? Sería bueno que de una vez por todas nos pusiéramos los pantalones largos y, sin otro objetivo que legislar para nuestra posteridad, adoptáramos las urgentes acciones tendientes a elaborar una ley que nos permita recuperar la soberanía nacional sobre la tierra y su redistribución conforme una nueva planificación de pueblos, ciudades y campesinados, resguardando los intereses limítrofes, marítimos, lacustres, aéreos y subterráneos para el Estado. Mantener las cosas como están, me permite aseverar que, mas temprano que tarde, nos veremos enfrentados a situaciones similares a las vividas en el año 2001, pero mucho más graves, porque el tiempo pasa y la olla continúa levantando presión. Insisto, nada se hace para resolver de forma urgente la deuda histórica con los nacidos en Argentina, nada se hace para saldar la deuda con los pueblos del mundo convocados desde siempre para vivir aquí. Se discursa, se aplican paliativos, se adoptan medidas superficiales, pero la medida soberana del BICENTENARIO, no se adopta, se sigue postergando la tan necesaria y refundacional REFORMA AGRARIA.
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martes, 20 de febrero de 2018
sábado, 10 de julio de 2010
Las crisis reales y las crisis canallas
Por Sandra Russo
“Los millones que Occidente está volcando para salvar sus instituciones financieras no sirven de nada frente a una crisis mucho mayor: hay mil millones de personas al borde de la muerte por inanición. Esa es la crisis verdaderamente grave, y ese dinero no hace nada por ellos. Curiosamente, no lo he leído en un periódico americano, sino en uno de Bangladesh.” Esto es blanco sobre negro. Es una reflexión que vertió el lingüista Noam Chomsky en una entrevista publicada esta semana en El País. Mil millones de famélicos no constituyen una crisis en el mundo global. La globalización los fabricó, los asimiló y los naturalizó. Los parámetros con los que se evalúa qué tal anda el mundo dejan afuera el hambre, mientras tiemblan con las hipotecas. Si a la situación actual se la define como crítica, es porque los que entraron en crisis son los incluidos. Los excluidos va de suyo que no deben soportar ninguna pérdida más que la de la propia vida, porque no tienen más que eso.
El diario El País, que hace tiempo se inclina a la derecha, presenta a Chomsky como “uno de los intelectuales más conocidos y mejor valorados fuera de su país”, pero también lo salpica con dos adjetivos poco inocentes: “sempiterno idealista”. De modo que lo que diga el autor de Los guardianes de la Libertad , entre tantas otras obras que desnudaron la manipulación capitalista del sujeto, será leído como el pensamiento de un idílico defensor de las causas perdidas.
Todavía trabajando en su vieja oficina del MIT (Massachusetts Institute of Technology), Chomsky acaba de cumplir sus 80. Aunque ya se jubiló, sigue yendo diariamente al Departamento de Filosofía y Lingüística, donde una foto de Bertrand Russell preside su despacho. Chomsky fue una de las pocas voces con reflejos para criticar el silencio del nuevo presidente norteamericano ante el primer conflicto internacional que hacía necesaria una posición: el ataque israelí a la Franja de Gaza. Pero como él mismo explica, a pesar de que Estados Unidos puede efectivamente ser considerado un país con una gran libertad de expresión, “la libertad tiene muchas dimensiones y otras formas de control, por ejemplo, a través del impacto de la concentración de capital. Por eso usted verá mis artículos en diarios de Johannesburgo, pero nunca en The New York Times”.
Este hombre que vive y piensa en Estados Unidos no es influyente en su país. El aparato mediático privado pero oficial se ocupa de que él escriba y diga lo que quiera, pero también de que esas opiniones queden en la esfera de los que desean lo imposible. Porque sostener que el mundo vive una crisis porque alberga a mil millones de hambrientos es, para ese aparato de poder, una tontería bienintencionada dicha por un “sempiterno idealista”, un dúo de palabras neutralizadoras que bajan de antemano la tensión de las palabras de Chomsky.
A nadie se le hubiera ocurrido tomar medidas drásticas contra el hambre. También es de pueriles y bienintencionados hablar de “seguridad alimentaria”, una noción que manejan los organismos internacionales como la FAO , pero que no operan sobre la realidad ni sobre los gobiernos. Mientras sean los excluidos los que pierdan la vida, no pasará nada. El problema es cuando los incluidos comienzan a perder sus bienes.
El periodista le comenta que para los políticos norteamericanos ya no es el terrorismo “la mayor amenaza mundial, sino la inestabilidad provocada por la crisis”. Y Chomsky replica qué sentido le dan los políticos norteamericanos a la palabra “estabilidad”: la subordinación a Estados Unidos. Quizá a eso se haya referido el jefe de la CIA cuando incluyó en su lista de países con riesgo de inestabilidad a Venezuela, Ecuador y la Argentina. “¿Qué ha hecho Obama para lidiar con la amenaza? Rodearse de gente que contribuyó a crear esta crisis, como Timothy Geithner, Laurence Summers, los banqueros, y encontrar una fórmula para rescatar el sistema que ellos mismos dominan y controlan.”
Otro cuadro cuelga en el despacho de Chomsky en el MIT: una imagen del ángel exterminador junto al salvadoreño cardenal Romero y los seis jesuitas que fueron asesinados con él en los ’80 por escuadrones de la muerte. “Uno de mis fracasos es que ningún norteamericano sepa qué significa ese cuadro.” Nunca lo sabrán. No saben lo que no les importa. No lo quieren saber. Así como los que en este país han reflotado el asunto de la pena de muerte. No quieren saber de la inseguridad de los otros, sólo de la propia y la de quienes se les parecen.
Esta semana, la farándula ha sido muy tenida en cuenta en los programas periodísticos. Moria Casán, Sandro, Carmen Barbieri y otros tantos con menos taquilla han salido a “sincerarse” y a “decir lo que piensa el pueblo” (como dijo Susana Giménez, a quien cuesta imaginársela sin atavío animal print y muchísimo más caminando por alguna calle de tierra). Moria Casán supo decir que no quiere ver pobres porque le descompensan la energía. Usan autos blindados y vidrios polarizados. No toleran que el barro salpique las burbujas de jabón líquido que son sus vidas. Pero, por lo visto, son perfectamente capaces de crear microclimas cuando los monopolios mediáticos abogan por el agite y por el “así no se puede seguir”.
El hambre sigue siendo un crimen todavía más flagrante en el país, cuya dirigencia rural es arengada por la oposición para que no acuerde, para que no pacte, para que no se calme. Hay crisis reales invisibles, y crisis talladas a la medida de unos cuantos canallas.
Etiquetas:
intervencionismo,
monopolios,
neoliberalismo
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